• Lara Blacklock

Stop 1 – Vietnam: En Llamas

Updated: Feb 20

En el primer artículo de mi blog, les conté sobre la suma de momentos que me llevó a hacer un viaje completamente inesperado. Una suma que resultó en el quiebre de una relación, en una carrera profesional sin definir y en una falta entera de propósito. De algún tipo de felicidad... ni hablar.


Pero dejemos algo claro. La decisión por montarme en ese avión no fue un intento de escape. En lo absoluto. Fue una acto desesperado por volverme a encontrar. Fue un permiso que me di para saborear ese sueño que se había hecho cenizas el día que decidí dejarlo de lado porque “había que ser realista.” El sueño de recorrer el mundo siendo una fotógrafa documental. Así a lo James Nachtwey, Vivian Maier, o Henri Cartier Bresson. Lo que estoy por contarles hoy es el primer episodio de ese viaje que fue todo menos el glamour de esa película famosa, “Eat Pray Love”.


Sentada en el asiento de ese avión me encontraba un poco entumecida. Se me habían agotado las emociones y ya no sentía nada... ni miedo, ni emoción. Era como si aún no cayera en cuenta de que estaba por llegar al otro lado del mundo, a un país muy distinto a todo lo que en mi vida había conocido. Con otro idioma, otra cultura, otra comida… y en fin. No sabía bien a qué iba exactamente, ni con que me iba a encontrar. Lo único que tenía era mi intuición diciéndome que iba por buen camino y que siguiera. Eso me daba calma. Cuando sientes calma frente a grandes decisiones en tu vida, es que vas por buen camino. Que a la larga termine siendo un fracaso o no, pues eso solo lo define tu percepción, porque los fracasos no existen, sólo las enseñanzas. Y, ¿de qué vales sin esas enseñanzas?


No fue hasta que salí del avión cuando sentí ese calorcito y vi un par de palmeras que había empezado a entusiasmarme. Son así de pequeñas las cosas que después de tanto tiempo viviendo en un país extranjero y frío, me recordaban a Venezuela y automáticamente me hacían sentir en casa. Y me preguntaba, ¿cuánto tiempo tiene que estar uno fuera de su país para dejar de sentir esa nostalgia con sólo ver unas palmeras?


En la entrada del aeropuerto me esperaba Guillermo. Ese amigo que conoces desde que tienes cinco años y que más que un amigo, es uno más de la familia. Guillermo se había ido a estudiar a Ankara, la capital de Turquía, y ahora trabajaba en Ho Chi Minh, Vietnam. De todos los países del mundo, jamás nos imaginamos que sería Vietnam el lugar donde nos volveríamos a encontrar. Mucho menos que pasarían seis años antes de que eso sucediera.


Después de unos días de reencuentro y de turismo con Guillermo, comenzamos a entrar en rutina. Él salía a trabajar, yo me quedaba en el apartamento. A veces yo salía y caía en las típicas compras turistas y estafadoras de hermosos souvenirs que realmente no necesitaba. No puedo negar que era impresionante caminar por esa ciudad y estar en un ambiente tan distinto. A pesar de todo eso terminaba completamente extenuada después de cada salida. Me mareaba entre el ruido del tráfico, el caos de las motos, el turismo masivo y la pesadez del aire contaminado. Me fascinaba la idea de estar en esa ciudad pero para mi sorpresa, no estaba tan a gusto como lo esperaba estar.

¿Se acuerdan de la lucha entre mente y corazón? Por un lado, la voz reprochadora de mi mente me decía que no fuera tonta y que saliera a aprovechar esa ciudad. Por otro lado, a mi corazón simplemente no le apetecía. A pesar de ser una chica urbana, tenía ansias de estar cerca del mar y lejos de la ciudad. No me mal entiendan. ¡Ho Chi Minh es una ciudad sumamente interesante donde uno se puede divertir muchísimo! Pero por primera vez en mi vida, añoraba algo que realmente nunca había vivido en su plenitud: la naturaleza y su paz.


También empezaba a perder esa calma que sentía en el avión y la ansiedad me empezaba a tocar la puerta. Me había venido con poco dinero y el único plan concreto que tenía era pasar diez días en un retiro de meditación en Tailandia. Luego de eso las opciones eran infinitas. Podía hacer un voluntariado en Camboya, regresar a Vietnam para trabajar como profesora de inglés, o hacer la típica ruta de los backpackers por toda la región. Al menos hasta que se me agotara la plata y me tocara regresar a Canadá. Pero las dudas se apoderaban sobre mí y me costaba mucho tomar una decisión. Había decidido hacer este viaje para encontrarme conmigo misma. Pero, ¿cómo demonios es que uno logra hacer eso?


La verdad es que ya ni sabía que era lo que debía hacer o a dónde era que tenía que ir.

Después de cinco días angustiada entre tanta confusión, una mañana me desperté y dije, “Ya está. Basta de preocupaciones... Hoy salgo a conocer a esta ciudad... Hoy comienzo a estar más presente.... Hoy decido confiar.” Ya no quería seguir dándole vueltas a las cosas y estaba lista para tomar acción.

Pero hay que recordar que no debemos escuchar solamente lo que nos dice nuestro corazón. El cuerpo también pone su palabra. Y cuando no le haces caso a lo que tu cuerpo te pide, el universo se encarga de ponerte en tu lugar.

No tenía idea de lo que estaba por ocurrir ese día; tampoco de cómo cambiaría el resto del viaje para mí. Ese día comenzó como cualquier otro. Me hice el desayuno, escribí en mi diario, medité, y comencé a planificar el día. Y entonces cuando fui a prender esa cocina para prepararme el almuerzo, todo cambió. En las actividades cotidianas, las que hacemos en automático y casi sin pensar, lamentablemente jamás podemos ver venir los accidentes. En un milisegundo, vi como una enorme llama se deslizó sobre mi cuerpo hasta desaparecer en mis pies con la rapidez de una estrella fugaz. Luego de pegar el grito más grande de mi vida y correr por toda la cocina dándome golpecitos por todo el cuerpo como si estuviera intentando sacudirme de una araña, fue que me di cuenta para mi gran sorpresa, de que no había ocurrido ningún incendio.


Mi ropa se sentía tan caliente que me la quité enseguida como si eso fuera capaz de quemarme. Mientras respiraba agitadamente del susto, me observé detenidamente el cuerpo. Tenía pelitos quemados en mis brazos y piernas, pero nada más. Tambien miré a mi alrededor como si una llama de fuego fuera capaz de esconderse de uno para luego salir a asustarme. De nuevo no habían rastros de incendio en ningún lado. “Estoy bien,” me dije a mí misma aliviada.


Si alguna vez se han quemado hasta llegar al segundo o tercer grado, ya sabrán que el dolor de aquello tarde unos largos segundos en sentirse. Mi teoría es que entre más profunda la quemada, más tiempo le toma a la piel absorber ese nivel de calor antes de comprender que es hora de mandarle un mensaje al cerebro diciendo, “Esto es urgente. A curarnos o nos quedamos sin cuero.” Y entonces el ardor mas fuerte de mi vida se apoderó sobre mis piernas, y también sobre mi capacidad para pensar. Había sido un escape de gas.


Entré en pánico y lo primero que se me ocurrió fue llamar a esa persona que te atiende el teléfono sin importar la hora... mi mamá. Para ella era la una de la madrugada. El ardor me tenía desesperada y sentía que se me iba a derretir la piel de las piernas. Al rato llegó Guillermo quien rápidamente me tapó las piernas con una tela para protegerlas del sol y me llevó hasta el hospital más cercano.




Después de que el doctor me mandara a casa vendada de pie a cadera como una momia, me sentí sorpresivamente tranquila. Horas después, ya nos estábamos riendo sobre lo extraño del accidente.

Debía hacer reposo por un par de semanas mientras mi piel se curaba y de cierta forma hasta me aliviaba tener una excusa que me obligara a quedarme en casa. Disfruté mucho de ese reposo. Ya que no tenía otra opción, no me podía seguir dando mala vida por quedarme acostada todo el día. Que complicados podemos ser los seres humanos a veces. Necesitamos que las circunstancias físicas nos obliguen a hacer lo que no nos permitimos nosotros mismos.


Sin embargo a los días me comenzaba a caer la locha, como decimos en mi tierra. No me había percatado aún de lo que estas quemaduras iban a implicar. Y eso era que no iba a poder llevar sol por los próximos seis meses para evitar manchas en las piernas.




Esa nueva piel no iba a tener la misma pigmentación que el resto de mi piel. Sería mucho más blanca y por ende estaba propensa a mancharse permanentemente de ser expuesta al sol.










El sudeste asiático es una región extremadamente calurosa, húmeda y tropical. Y todo lo que yo quería era irme a una isla. ¿Cómo se supone que iba a disfrutar mi tiempo ahí si mis piernas no podían ver un rayo de sol? Y entonces a mi cabeza volvieron mis peores enemigas. Las benditas dudas. ¿Será que era una señal? No había pasado ni una semana y ya me había herido severamente. ¿Será que viaje había sido un gran error?


Llegaba el momento de tomar una decisión. Darme por vencida y cancelar el resto del viaje con la excusa de que con mis piernas quemadas, iba a estar muy incómoda para poder disfrutar el viaje (las típicas excusas que nos damos para disfrazar la verdad: que tenemos miedo.) O dejar de lamentarme a mí misma, ponerme los pantalones bien puestos (literalmente, ya que chores no iban a ser opción), y aprender a superarlo. Es increíble lo que puedes lograr cuando te propones algo y decides ser fuerte.


Así que decidí que si quería nadar, me taparía con vendas y ya está. No importa si acabaría con un bronceado rayas de zebra.


Hay algo más importante que nuestros límites y nuestras incomodidades, y eso es vivir. Y la verdad es que la situación podría ser mucho peor. Como por ejemplo, no poder caminar. O que en lugar de mis piernas, fuera mi cara. Y así fue como di el primer giro hacia una nueva forma de pensar. Hasta ese entonces, lo único que sabía hacer era quejarme, fijarme solo en lo malo, y lamentarme de mí misma. Dejaba que los demás me cuidaran y resolvieran todo por mí. Pero el estar en una situación donde la única que podía cuidarme era yo - me hizo tomar por primera vez en mi vida, completa responsabilidad por mi propio estado físico y mental.


A veces, por falta de experiencia, pensamos que las cosas son peores de lo que son. Cuando lo único que nos limita somos nosotros mismos. Le damos demasiado poder a nuestros límites, a nuestras incomodidades, y dejamos de vivir.

Muchos verán esta experiencia como una gran mala suerte. Y sí que lo fue. Pero esa mala suerte irónicamente fue una de las mejores lecciones de mi vida. Fue gracias a esa experiencia que empecé a recuperar la confianza en mí. El haberme quemado severamente me hizo aprender que si lo decidimos, podemos con mucho más de lo que nos imaginamos. Y no hay nada mejor para nuestra autoestima que aprender a superar nuestras limitaciones.



Cuando pisé el aeropuerto para tomar mi vuelo a Tailandia, fue cuando sentí que el viaje al fin comenzaba. Ya no tendría a Guillermo a mi lado cuidándome y mi única compañía sería mi muy pesada mochila.


A partir de ese día, absolutamente todo dependería de mí.


Ps. Si les interesa saber como me fue en ese retiro de meditación donde pasé diez días en silencio absoluto sin celular, sin compu o un libro para leer. Vayan a mi proximo post!