• Lara Blacklock

Estallo

Updated: Feb 27

Momentos. Momentos que se acumulan, y se convierten en una gran gama de “porqués.” ¿Alguna vez te has encontrado en el medio de una actividad mundana de tu día como una llamada telefónica… una consulta médica... en la oficina… en el tráfico... o hasta viendo una película, cuando una voz invasiva, te pregunta, “¿qué demonios haces aquí?.”


Como si te sonara una alarma. Una que no sabes realmente como apagar, pero al que le sigues apretando el botón de “snooze”. (Personalmente, soy de las que le encanta apretar ese botón para darme cinco minutos más de glorioso olvido, continuando con algún sueño breve e inmediato.)


Pero solo hay una cierta cantidad de veces que puedes seguir apretando ese bendito botón. Inevitablemente, te das cuenta que el escape ya no es igual de dulce. Es imposible ignorar que ya no puedes seguir durmiendo. Al menos no con la misma profundidad. Y así es que decides que ya no tienes más opción que aceptar que por más agotado que estés, es hora de despertar. Y abres esos ojos… malhumorado, confundido, y de cierta forma, hasta frustrado.


Dicen que la vida se mide por momentos. Yo digo que se mide por una suma de momentos.

Y te diré cuál fue la mía. Empezando por los momentos.


A los diecinueve años, me fui de mi país natal, Venezuela, para estudiar fotografía en una escuela de arte. Tenía muchos sueños con ir a Vancouver, una ciudad en la Costa Oeste de Canadá. Pero por razones que ahora no importan, terminé en Calgary, Alberta. Una ciudad fría, pero amigable y familiar. Aun así, fue durante esos inviernos desesperantes donde poco a poco, perdí la inspiración. Venía acostumbrada de documentar protestas en Caracas, los pueblos humildes de la costa o los Diablos de Yare… Y en esta ciudad tan suburbia, tranquila y ordenada, no me hallaba como fotógrafa.


Vivir en un país pacífico, libre de cualquier tipo de guerra social y política, me enseñó valores que en Venezuela no todos poseemos. Sin embargo, la perfección me aburrió y añoré mucho estar de vuelta en mi país. Por más que había pasado todos los veranos de mi infancia en Canadá, el adaptarme a la cultura anglosajona y a su dinámica social tan distinta, me costó mucho más de lo que imaginé. Pasaron seis años y esto nunca cambió. A diferencia de muchos Venezolanos inmigrantes que conozco, yo no logré adaptarme.


A los veinte años, regresé a Caracas a pasar las vacaciones. Y ese mismo verano, me enamoré. Locamente. Perdidamente. De esos amores que pensé que solo existían en las películas. Ese hombre tenía todo lo que yo buscaba. Venezolano, cineasta, fotógrafo, poeta, artista y sobre todo apasionado. Nunca había compartido el arte con una pareja, mucho menos la pasión. Y pasa que vivía en nada más y nada menos que en la misma ciudad de mis sueños. Vancouver.


A los veintiun años, decidí por primera vez en mi vida seguir completamente lo que me dictó mi corazón. Y sin importar las opiniones y los consejos a mi alrededor, dejé atrás mis estudios temporalmente para mudarme con ese hombre a Vancouver. Una ciudad que a diferencia de Calgary, ¡tenía mar! Y yo la veía como una ciudad llena de posibilidades infinitas. Me fui con la gran ilusión de ser y de hacer, construyendo así un futuro juntos.


Para mí, éste era el final feliz. Éramos jóvenes y llevábamos muy poco tiempo juntos como para entrar en convivencia. Pero en aquel momento, sentí que lo tenía que hacer. No voy a mentir. Desde pequeña, había soñado con vivir algo así. Para mí, era un sueño hecho realidad. Había mucha ilusión, romance, y a la vez muchísimos platos rotos. Cuando tu corazón te dice que a algo, ¿cómo sabes si te defrauda? A la hora de tomar decisiones, ¿cómo balancear entre lo que racionalmente parece una locura, pero emocionalmente se siente tan bien?


A los veintidós años, las ilusiones, una por una, se fueron convirtiendo en una cruda realidad. La realidad de lo que verdaderamente cuesta ser independiente a una edad donde ni siquiera eres profesional, y apenas estás comenzando a entender lo que significa ser adulto. La realidad de lo que significa comprometer y negociar todos tus deseos y necesidades con otra persona. Pasé de tener una sentido vago de identidad propia, a tener una identidad completamente compartida con otra persona.


Me desmoroné, -nos desmoronamos por mantener una vida en pareja. Pasamos por más de mil retos personales al aprender cómo balancear todo lo que la vida nos lanzaba sin destruirnos el uno al otro. Él trabajó hasta más no poder. Yo sacrifiqué mis fines de semana y cualquier tipo de tiempo libre que tenía durante la semana para trabajar y pagar mi mitad del alquiler y las cuentas. Todo mientras estudiaba tiempo completo en la universidad. Todo mientras también trataba de encaminarme como artista. El tiempo dedicado a nuestra relación se basaba en las migajas que nos quedaban. Pues no solo era trabajar y estudiar. También había que limpiar y cocinar. Adoptar una vida de adulto tan de golpe y aprender a hacerlo juntos no fue fácil. Pero crecimos, ¡cómo crecimos!... Y como lo amé.


A los veintitres años, empezó a sonar esa alarma. Depresiones que iban y venían con frecuencia. Dudas que se convirtieron rápidamente en una confusión tortuosa. Al intentar cargar tantos platos encima, dejé el más importante- el de mi salud mental y emocional. Por más que luchaba por mantener la cordura no podía evitar sentirme cada vez más lejos de mis propios sueños. Aquellos que iban más allá del amor romántico. Aun así, no estaba dispuesta a soltar ningún plato y seguí apretando ese botón de “snooze”. Tratando de arreglar las cosas pintándolas de colores lindos. Pero en fin, la pintura terminó desvaneciéndose. Y esa bendita alarma no paraba de sonar.


A los veinticuatro años, se me cayeron todos los platos encima. Ya solo pararme de la cama por las mañanas requería de un esfuerzo enorme. Busqué soluciones que se convirtieron en grandes errores. Intentando llenar mis vacíos con cosas que solo lograron herir a mi pareja y hacerme sentir peor. Luego de luchar por tanto tiempo contra la marea, no me quedó de otra que dejarme hundir. En ese punto, mi relación se encontraba colgando de un hilo. Por un lado, no quería dejar todo lo que juntos con mucho esfuerzo habíamos construido. Pero por otro, ya no sabía ni quién era. No era feliz. Y tampoco sabía cómo serlo.


Al hablar desesperadamente con un terapeuta (el tercero), me pidió que cerrara mis ojos e imaginara un momento que me hiciera realmente feliz. Poniendo de lado mis responsabilidades, mis finanzas, mis estudios y a mi pareja. Y fue en ese momento, donde oí a esa vocecita. Esa que no quieres escuchar, pues no siempre es fácil oír las verdades de tu alma. No fue una decisión simple de tomar. De hecho, fue de las decisiones más dolorosas que he tenido que tomar en mi vida.


Dejé nuestro hogar, la universidad, los tres trabajos, mi pareja, mi perro, y todas mis cosas… pero sobre todo mi dignidad. Sentí que mi vida entera no era más que un fracaso total y ya no hallaba la respuesta que pudiera callar esa alarma. Empaqué un pequeño carry-on y me fui a Vietnam, donde se encontraba mi mejor amigo. Me fui sin fecha de retorno y sin ningún tipo de plan. Mientras esperaba en el avión para partir al otro lado del mundo, realmente no sabía qué sentir, ni que pensar. Pues no tenía idea de lo que me esperaba en ese viaje. Lo único que cargaba conmigo en aquel momento era una esperanza nueva.


Y ahí se los dejo, sin mucho y sin poco. Una recopilación de momentos. Muchos hermosos, algunos trágicos, y más de uno inolvidable. En fin, la vida.


¿La suma? Una muerte plena de mi existir. Un estallo de quien fui. Que a su vez trajo a colación un nuevo norte. Y a través de esa búsqueda, una evolución hacia algo más. Algo distinto. Tal como lo dice Jorge Drexler, “Nada se pierde, todo se transforma.” ¿Me arrepiento de algo? No. Nunca. Si pudiera dar vuelta atrás, ¿lo volvería a hacer? ¡Sí! Una y otra vez. Viví el amor a pleno. Fue una historia de mi vida realmente inolvidable, y no tiene precio la cantidad de enseñanzas que me llevo conmigo. Fue maravilloso compartir un amor tan puro con alguien y de haberlo hecho sin miedo alguno.


Aprendí lo que es una relación sana y lo que no es. Y aunque sigue siendo un proceso y un trabajo continuo, aprendí lo importante que es saber comunicar a través del amor y la paz- y no desde los rencores. Sobre todo, a ser sincera conmigo misma. Algo que todavía me cuesta, no lo voy a negar. Aprendí a soltar. Celos, miedos, inseguridades.... Aprendí sobre todo a responsabilizarme por mí misma y por mis acciones. Y profesionalmente, aprendí que no todo te lo puede enseñar una universidad, así como no te lo puede dar un título universitario.


Fue la suma de todos estos momentos de los últimos seis años fuera del país, que me llevaron a ser quien soy yo. Y sin ese estallo, no se si hubiese pisado el Sudeste Asiático. Jamás en mi vida me había planteado viajar a ese lado del mundo, ni mucho menos de la forma en la que lo hice.


No sé si me encontré a mí misma. Pues a ver, ¿qué es lo que significa realmente encontrarse a sí mismo? Y acaso al “encontrarse", ¿ya no hay mas nada que indagar dentro de nosotros? Yo creo que uno jamás se terminar de encontrar. Es una búsqueda constante, ya que estamos evolucionando siempre a lo largo de nuestras vidas. Pero sí creo que me superé en muchas cosas. Me volví dueña de mí misma y de mis acciones. Y como cualquier otro humano, sigo asumiendo retos personales. Pero son retos nuevos. Y tener retos nuevos, querido o querida, es evolución.


A los veinticinco años, cumple un año aquel viaje donde renací. Me encuentro de vuelta en mi país, creando un espacio para contar historias que desde mucho, algo dentro de mí me dice que tengo que contar. Empezando conmigo misma. Sea o no sea de importancia para el que los lea. Porque si al menos una persona puede identificarse, inspirarse, o al menos sentirse menos solo al leerme, entonces he cumplido mi parte.


Pues siempre he pensando que para fotografiar a los demás en cuero, tengo que dejarme fotografiar yo primero. Y para contar historias de otros, debo comenzar con la mía.


En el próximo post hablaré de mi viaje al Sudeste de Asia. Si esperas tips de viaje, o una lista de lugares para ir, ahí no lo encontraras. Pero si te da curiosidad saber como el viaje a una región tan distinta de todo lo que conoces puede llegar a transformarte... bienvenido. Mi casa es tu casa.